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Hablando con Ignacio Gamboa, párroco de Moratalla.

Es el párroco de Moratalla desde hace dos años y medio, poco tiempo más lleva en el Ministerio, pero sus superiores han confiado en él para nombrarlo también Juez Auditor de la Diócesis de Cartagena. Precisamente nació en la ciudad portuaria, un constraste que bien le ha tomado su tiempo para adaptarse a la forma de ser de “los de interior”. Ignacio Gamboa, está aprendiendo a ser párroco siéndolo, Moratalla es su primer destino al frente de una parroquia y está superando la prueba con nota. Alegre, servicial, carismático, Gamboa se sincera en las siguientes líneas y cada semana en la Televisión Local en el programa Iglesia al Día, espacio en el que analiza junto a una servidora la actualidad en la Iglesia Católica.

Dana García:Lleva cuatros años como sacerdote, acabamos de vivir su tercera Navidad en Moratalla, ¿cómo ha sido este tiempo de inicio sacerdotal a cargo de una parroquia como la nuestra?

Ignacio Gamboa:El comienzo fue un poco complicado porque, a decir verdad, la parroquia se me quedaba un poco grande. Es un sitio al que siempre habían mandado a sacerdotes con varios años de experiencia, pero yo estaba recién salido. Conforme ha ido pasando el tiempo, he ido aprendiendo y he ido creciendo, de modo que, a día de hoy, me siento muy cómodo y feliz en nuestra parroquia.

D.G.: Su vocación fue más bien tardía en comparación con otros sacerdotes que ingresan en el Seminario a edades muy tempranas, ¿cuál es la edad apropiada para adquirir una responsabilidad tan grande?

I.G.: No podría decir un número exacto, pero últimamente se ve la tendencia de que las vocaciones sean más tardías; e incluso el Papa está alargando el tiempo de formación en los seminarios. Los últimos años maduramos más tarde, y por eso es necesario que los sacerdotes seamos algo mayores.

D.G.: Vocaciones hay muchas, cuando no se conocen todas las maneras que hay de entregarse a Dios, ¿uno dónde encuentra la respuesta?

I.G.: Hay varias maneras. Uno va viendo los acontecimientos importantes de la propia vida y se va haciendo preguntas: ¿qué quiere Dios de mí? ¿Es esto lo mío? Pero para eso es necesario profundizar en la vida de fe, en la oración, en el compromiso. Mi vocación nace porque yo quiero ser misionero. Eso lo aprovecha Dios para hacerme ver, en la oración y los acontecimientos, que quiere que yo sea sacerdote.

D.G.: En un contexto histórico cada vez más laico ¿es difícil vivir la vocación?

I.G.: Sí, porque es más difícil preguntarse si Dios quiere algo de mí. En muchos casos la familia o los amigos no ayudan. Sin embargo, es también más apasionante, porque cuestiona mucho a la gente. Una vocación a consagrarse es una pregunta a todo el entorno.

D.G.: ¿Qué es lo que más le gusta de su labor sacerdotal?

I.G.: La cercanía que puedo tener con la gente, y la visión que me da, en la que cabe la misericordia, el ver las miserias del otro y no juzgar. Gracias a mi ministerio, he podido estar en muchos acontecimientos, alegres y tristes, de muchísimas personas.

D.G.: En los pueblos en los que las familias cada vez practican menos ¿están en peligro las vocaciones? ¿y las tradiciones cristinas están en riesgo de desaparecer en núcleos urbanos en los que se da de lado la religión?

I.G.: Las vocaciones no, si entendemos vocación como llamada. Dios sigue llamando siempre, pero lo que sí peligran son las respuestas positivas. Dios me llama, pero si yo no lo escucho o ante la llamada me niego a seguirle, mi consagración peligra. Pero no pasa sólo con las vocaciones o las respuestas. Pasa con todas las personas religiosas. Veo que, quitando excepciones, los cristianos tradicionales se han vuelto tibios, se han mundanizado. Y claro, cuando no vives tu fe con pasión, ante los posibles abusos de los movimientos laicistas, te quedas callado. En muchas ciudades están usando las tradiciones como arma política subversiva, y es peligroso para la fe si no nos quejamos.

A pesar del escaso tiempo que lleva como sacerdote, el Obispo le ha nombrado recientemente Juez Auditor del Tribunal Eclesiástico de la Diócesis de Cartagena, ¿cómo recibió la noticia?

La recibí con una mezcla de alegría y de temor por la responsabilidad. Alegría porque pensaron en mí para un puesto delicado, y por tanto vieron cualidades idóneas en mí para ejercerlo. Pero también con temor por mi falta de experiencia y la delicadeza que hay que tener. El obispo me dijo, el día que juré el cargo, que debía actuar con mucha caridad, pero siempre buscando la verdad y la justicia. Hay que guardar un equilibrio muy delicado, pero fundamental. Me alegra que piensen que soy capaz de ello, pero siento gran responsabilidad, para que la gente se sienta querida, pero la verdad reluzca.

D.G.: ¿Ha tenido posibilidad de ejercer el cargo? ¿Cuáles son las causas más frecuentes por las que los casados por la Iglesia consideran nulo su matrimonio?

I.G.: He podido ejercerlo ya, llevo alrededor de un mes haciéndolo. Normalmente es la inmadurez y el desconocimiento de a qué se enfrentaban. Y es una tendencia que se ve mucho más en nuestra generación que en la de nuestros padres.

D.G.: Cada vez nos enfrentamos a más nulidades matrimoniales, ¿esto es una buena noticia? O por el contrario ¿se ve con preocupación desde la Iglesia?

I.G.: Ojalá me quedase sin trabajo porque nadie la solicita. Pero sí que es cierto que, dados los casos que hay, es una ayuda a gente que se pudo haber equivocado. No creo que sea una buena noticia, porque es poner de manifiesto las frustraciones que han tenido una serie de proyectos en los que las personas han puesto tanto amor.

Pero sí que es cierto que libera a personas que se han dado cuenta, con el tiempo, de que ahí nunca llegó a existir nulidad. Desde la Iglesia hay preocupación, porque significa que el noviazgo, que es la preparación al matrimonio, no ha funcionado bien, porque no ha habido un conocimiento adecuado como pareja, ha habido engaños o ha habido ignorancia en lo que respecta a este sacramento. Para solucionar esto, quitando algunos casos muy puntuales, habría que hacer un esfuerzo muy grande para trabajar durante el noviazgo.

D.G.: Desde su experiencia ¿cuáles son las claves para conseguir que un matrimonio sea duradero y no acabe en nulidad?

I.G.: Primero, conocerse bien a uno mismo y a la pareja, respetando por encima de todo, sin que haya el más mínimo síntoma de desprecio. Segundo, saber que este conocimiento nunca acaba y que nuestro cónyuge siempre nos va a dar sorpresas. Tercero: saber que un proyecto para toda la vida implica muchos altos y bajos y estar dispuestos a superarlos todos con este compañero para toda la vida. Cuarto: saber qué implica el matrimonio cristiano: es cruz que nos lleva a la resurrección, es oración, es sacramentos, es camino a la santidad. Es fundamental que Cristo esté en medio del matrimonio. Si desterramos de este proyecto a nuestro mayor y mejor aliado, tenemos muchas posibilidades de quedar debilitados tarde o temprano.

D.G.: De todas las tareas que tiene que realizar en su trabajo como párroco y juez auditor ¿cuáles son las que más le enriquecen?

I.G.: Me enriquece mucho poder ejercer la dirección espiritual y poder recibirla; también las confesiones, los entierros. En general, el contacto con el sufrimiento de la gente. Me hace darme cuenta de lo maravilloso que es el ser humano y de la grandeza de Dios, que quiere vivir toda nuestra vida, con los momentos buenos y malos.

D.G.: Comienza un nuevo año ¿cuáles son los propósitos de cara a la Parroquia de Moratalla?

I.G.: Mi objetivo, cada año, es conseguir mostrar el rostro de Cristo a todo el mundo. Que la gente vea que el compromiso cristiano, la oración, el servicio, son camino para la felicidad, no una losa horrible. Eso es lo que me hace feliz y me gustaría que la gente se diera cuenta, en medio de su sufrimiento, que Dios es el camino para la felicidad. Como decía el anterior Papa, Benedicto XVI, Dios no quita nada y lo da todo.

D.G.: Teniendo en cuenta que el Obispo decide destino para los sacerdotes de la Diócesis, ¿tienen posibilidad de sugerirle lugar donde ejercer el ministerio? ¿o él es el que decide?

I.G.: Él decide, pero nosotros, en función de nuestras fuerzas, podemos sugerir, más que el destino, las características. Pero él es el que ve lo que le hace falta a la diócesis y el que mejor sabe, de acuerdo con cómo somos nosotros, lo que mejor viene en cada momento. En cualquier caso, yo he prometido obediencia al obispo. Donde él me envíe, será para bien. Y si en un momento la labor supera mis fuerzas, o no estoy a gusto, siempre puedo pedir el cambio.

D.G.: Como sacerdote ¿cuáles serían tus sueños profesionales?

I.G.: Ser capaz de servir mejor donde el Señor me lleve. Me gustaría vivir la experiencia de la misión, en especial en países del norte, donde la gente ha desterrado al Señor de su vida. Pero donde me envíe el Señor está bien.

D.G.: ¿Qué le pides a este nuevo año que acabamos de estrenar?

I.G.: Poder transmitir a la gente de alrededor la felicidad que yo vivo por dentro y poder decir que esta felicidad me viene del Espíritu Santo y de Jesucristo.

D.G.: Que llenes de felicidad la vida de muchos, muchísmos. Gracias Ignacio.

 

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